Poemas, relatos y pensamientos
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Cap. 4. Conspirando con el diablo
Dic 3, 2007

Marcela Vallet

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EL PERRO DEL VECINO

Siento ladrar un perro todos los días y todas las noches a intervalos de 2 horas mas o menos, desde hace un año o mas.    Me reto a mi misma a hacer algo para que esto no siga ocurriendo, y en ese momento encuentro que no soy única y logro que un par de vecinos se una a mi y acudamos a este encuentro con el vecino del maltrato animal y los ruidos molestos.   Para mi sorpresa, no siempre lo que empieza bien termina de la misma manera.  Los vecinos, tan bien dispuestos en un comienzo, al primer tropiezo, se quiebran, retroceden.    Me doy cuenta en ese momento que así somos los humanos: inconstantes, débiles, temerosos,  nos damos por vencidos al segundo intento.  Pero estoy decidida a perseverar:   el vecino molesto no abre la puerta, el juzgado no le da ninguna tribuna a la denuncia escrita y los vecinos sueltan la soga y dejan que me ahogue sola, si así  lo decido.  Pero me he propuesto terminar lo que empiezo, así que voy a la municipalidad y hago el reclamo al alcalde: hipotéticamente éste me escuchará y el vecino molesto terminará entregando su maltratado perro a la protectora de animales, previo pago de una elevada  multa por su descuido. Este sería el desenlace deseado, pero no es exactamente así como se desarrollará.   La corrupción, inefable factor humano existente en toda causa de justicia, aparecerá mas temprano que tarde y desmoronará mis aspiraciones de que el animal pare de sufrir el maltrato de su dueño.  La causa se detiene, nadie interviene y finalmente, el vecino continúa imperturbable maltratando a su perro. Es cuando todo empieza a conspirar con el diablo:  los buenos propósitos y las causas nobles desaparecen y se pierden en el laberinto de las coimas y los intereses personales o en la simple perversidad de terceros.

El mayor triunfo que puede tener el hombre es vencerse a sí mismo;   todos tenemos algún grado de corrupción adentro.   Unos mas, otros menos, pero ninguno es carente.  Y la mayor corrupción a mi juicio es la desidia con que nos enfrentamos a este flagelo:  sabemos que podemos actuar derechamente, pero no lo hacemos.   Sabemos que podemos hacer las cosas en bien de los otros, sacrificando los intereses personales, pero no lo hacemos.  A excepción de  Cristo, ningún ser humano ha sido capaz de vencer sus egoísmos para entregarse completamente a la causa de terceros.   Todos buscamos el beneficio personal, de un modo u otro.   Esto es lo triste, que no hay esperanza en el cambio global mientras no exista conciencia de un cambio a nivel personal.

Pero la buena noticia es que ya está sucediendo¡

Lo veo en mí y en otros en diferentes lugares y latitudes se está creando lenta pero inexorablemente una conciencia de unidad frente a la conspiración y no habrá tregua llegado el momento.

¿Porqué lo se?………….porque soy parte de este cambio, y porque me he encontrado con el modo de ayudar a que sea posible.   El poder de la palabra es lo único que el hombre tiene en la naturaleza, que lo hace diferente del resto de la creación.  Y lo voy a usar para perseguir el fin único de este ensayo: encontrar la luz al final del túnel.

Todos nosotros deberíamos dejar de mirar al perro del vecino como algo ajeno. Somos parte de este juego, por lo tanto el problema y la solución del mismo está aquí, ahora, con el aporte que cada uno haga a su comunidad, saliendo de la negación inconsecuente y egoísta de  que no es mi problema.

Al cambio del alma le precede el cambio del cuerpo;  cuando somos demasiado jóvenes para desprendernos del ego no podemos encontrar la generosidad suficiente para salir hacia fuera de nosotros mismos y . ever?R? a los otros.  Cuando estamos en el medio de todo, viviendo nuestra vida de compromisos con el engranaje del mundo que se mueve al latido del dinero y del poder, no tenemos suficiente tiempo para detenernos un momento y analizar nuestra vida para iniciar un cambio.   Luego cuando envejecemos, nos vamos quedando solos y nuestra generosidad se transforma en egoísmo cuando el tiempo nos sobra para lamentarnos de lo que no hicimos  y no escuchamos las voces de los que aún nos necesitan.

Es necesario propiciar el cambio a cualquier edad y en cualquier momento, porque no somos dueños de un destino personal sino de uno global que nos concierne a todos  y en nuestras manos estará el éxito o el fracaso de la gestión divina que nos ha sido encomendada.  Un compromiso demasiado grande para tomarlo con ligereza o dar la vuelta e ignorarlo corriendo en pos de falsas luces que nos prometen la ilusión de ser felices y no nos dejan ver lo esencial de la felicidad que es hacer algo por los otros y de este modo estar en paz.