Poemas, relatos y pensamientos
Autor:
Fecha de publicación: 1 octubre, 2007

Categoría: Relatos de Misterio
 

Castigo.

Patrocinan la literatura de Ababolia

Quien sabe de dolor todo lo sabe.
Dante Alighieri

I

Un asesino serial sembraba el terror en Londres. Los esfuerzos de las autoridades por detenerlo eran inútiles. Hasta el celebre detective de la calle Baker había claudicado en su empeño y se había entregado con frustración a la morfina y al violín.
Sin saber que hacer, el jefe de policía Lestrade, desesperado, acudió a los servicios secretos del gobierno. Lo pusieron en contacto con la policía rusa. Viajó hasta San Petersburgo para entrevistarse con el juez Petrovich. Este le propuso una alternativa inaudita: solicitar el auxilio de un convicto condenado por doble asesinato, un genio criminal, a fin de que lo orientase en la captura del Carnicero de Londres.
A cambio del éxito de la empresa le otorgarían la libertad. Lestrade aceptó sin pensarlo.
Se trasladaron a Siberia, localizaron al reo. Los oficiales carcelarios se alegraron al verse libres de su presencia. Nadie lo toleraba: todos temían su personalidad lúgubre y hosca. Lestrade y Petrovich de igual manera se sobresaltaron. Uno al verlo por vez primera, otro al observar de que manera se había vuelto más oscura su personalidad.
La nerviosa figura desgarbada del joven imponía un miedo irracional.
Le propusieron el trato. i/ool aceptó sin interés. Partieron.
Así, Raskolnikov abandonó Siberia y emprendió con los agentes policíacos la caza del Carnicero de Londres.

II

Recorrieron cada callejón de la zona más miserable de la ciudad. Los peores crímenes del asesino allí se habían suscitado. Sus víctimas principales eran mujeres y niños, pero algún hombre maduro y fuerte también había fenecido bajo los instintos homicidas del inasible verdugo.
Lestrade, auxiliado por Petrovich, puso al tanto a Raskolnikov del modus operandi del Carnicero, de sus hábitos, sus preferencias.
El antiguo estudiante fue capaz entonces, de comprender la mentalidad del terrible asesino. Sin embargo, esto no entusiasmaba a Raskolnikov: estaba en agonía su alma. Sonia. Su Sonia. Un día, dejó de visitarlo en el presidio. Quiso saber de ella y no obtuvo información alguna. Simplemente desapareció. La redención interna del joven se interrumpió por completo. Se olvido de su madre y de su hermana.
Se abismó en su anterior amargura. Desengañado, retomó su excentricidad repelente, sus ideas extravagantes. Volvió a su antigua filosofía del ultrahombre, de la supremacía del más fuerte. Regresaron sus soliloquios desquiciados y trémulos.
Ahora, gracias a su conocimiento y su intuición, los oficiales guiados por Lestrade y Petrovich, rastrearon al Carnicero y lograron acorralarlo en un colosal edificio en ruinas. Las fuerzas policiales rodearon la zona. Raskolnikov se introdujo sigiloso y por su cuenta a la abandonada construcción. Pronto arribó a una penumbrosa habitación superior.
Había localizado la guarida del Carnicero.
Había sangre y restos humanos esparcidos por doquier. En ese momento Raskolnikov sintió un duro impacto en la nuca. Se hundió en la negrura total.

III

Cuando recobró el conocimiento, sintió las ataduras lacerantes de sus manos. Miró en torno suyo y descubrió en un rincón al Carnicero realizando experimentos abominables con el cuerpo de una de sus víctimas. Pero además el joven notó que alguien más permanecía cautivo en aquel nido de muerte. Una jovencita, una niña apenas, atada de manos, observaba los procedimientos del criminal con ojos desorbitados por el miedo.
El Carnicero, con expresión bestial e insatisfecha, arrojó los despojos que manipulaba y se aproximó a la niña. Ella se arrastró aterrada buscando alejarse del asesino. Justo en ese instante, con su inglés suficiente, Raskolnikov comenzó a hablar.
Le explicó al criminal que había desvelado su secreto. El por qué era inatrapable, el por qué su ansiedad de producir dolor, de practicar tortura, de sembrar la muerte.
Raskolnikov había desenmascarado al asesino: no era un criminal común, un simple ejecutor. Su verdadero rostro era más bien el de una enfermedad contagiosa, un estado de conciencia que se difundía de hombre en hombre. Por eso era inútil toda pesquisa encaminada a detenerlo. El Carnicero era el deleite por el mal mismo.
El bestial verdugo lo escuchaba azorado. La niña gemía y esperaba. Raskolnikov al notar la confusión de su captor, prosiguió hablando. Le participó al asesino sus ideas del ultrahombre, del ser que por su naturaleza fuerte y pura supera a todos: los domina, y es así el universo mismo en esencia. Pero para lograr ese nivel era menester dar el paso más importante, le explicaba minucioso Raskolnikov, el de superarse a sí mismo, dejar de ser hombre para serlo todo.
El Carnicero, fascinado por el discurso del joven, se puso el filo del cuchillo en su propio cuello. Estaba pronto a deslizarlo cuando la niña, incapaz de contener su pavor, gimió de nuevo.
Esto liberó al asesino, que dirigió su atención a la adolescente postrada. Los ojos del verdugo se inyectaron de intenciones impronunciables.
Se arrojó sobre ella.
Ahora Raskolnikov era el pasmado. La escena de brutalidad extrema que se le presentaba no le imposibilitó percibir como la enfermedad del criminal penetraba en su espíritu alterado. Sorprendió de pronto una risa gutural y cómplice en su garganta, que acompasaba cada nueva vejación, cada tortura.
Pero luego, lo inesperado: los ojos de la atormentada se encontraron con los suyos. Raskolnikov vio en ellos algo que no era Sonia, pero que estaba en Sonia.
Con un alarido se incorporó a trompicones no obstante sus manos atadas. Con su flaco cuerpo tenso se abalanzó sobre el Carnicero. Salieron despedidos por una ventana y cayeron al vacío. Era un cuarto piso. El Carnicero cayó sobre un carruaje abandonado.
Raskolnikov sobre él. La espalda del Carnicero se hizo pedazos. Expiró en un momento.
Lestrade y Petrovich arribaron al lugar. Se percataron de lo sucedido. Se suscitó un gran ajetreo, llegaron más oficiales. Raskolnikov pugnaba por levantarse. Petrovich corrió hacia él, cortó sus ataduras, lo sujetó, quiso hablarle. Raskolnikov se soltó con furia.
Petrovich lo contempló un momento, luego lo dejo hacer. Nadie trató de detener al joven malrecho y sangrante. Raskolnikov miró hacia una calle lejana. Sus ojos bañados en lágrimas parecieron reconocer a alguien. Se tambaleó hacia allá. Sus llamadas desesperadas a Sonia se perdieron con el final de la luz, cuando las sombras inundaron la zona.
Nunca más se supo de él.

Jesús Ademir Morales Rojas